jueves, 15 de octubre de 2026

"El Poder de la Convicción". Neville Goddard.



 El principal espejismo del hombre es estar convencido
 de que existen unas causas ajenas a su propio estado de conciencia. 
Todo lo que le sucede al hombre
 –todo lo que hace, así como todo lo que procede de él– 
es el resultado de su estado de conciencia. 

La conciencia del hombre es todo aquello que piensa, 
que desea y que adora, 
todo lo que cree que es cierto y todo lo que consiente. 
Ésta es la razón por la cual, 
antes de poder cambiar nuestro mundo exterior, 
es nuestra conciencia lo que tenemos que cambiar.

 De la misma forma que la lluvia es el resultado 
de un cambio de temperatura en las capas superiores de la atmósfera, 
cualquier cambio de nuestras circunstancias
 es el resultado de un cambio de nuestro estado de conciencia. 

Transformaos por medio de la renovación de vuestra mente. 
Romanos 12, 2 

Para transformarnos, 
debemos cambiar por completo el sustento de nuestros pensamientos. 
Pero los pensamientos no podrán cambiar
 a menos que tengamos nuevas ideas, 
porque nuestros pensamientos surgen de las ideas.

Cualquier transformación comienza 
con un intenso y ardiente deseo de transformarnos. 

El primer paso para «renovar la mente» es desearlo. 
Antes de poder empezar a cambiarnos,
 tenemos que querer ser distintos y tener la intención de serlo. 
Entonces tenemos que convertir nuestros sueños futuros
 en hechos del presente, 
lo cual se consigue convenciéndonos de la sensación 
de que nuestro deseo ya se ha cumplido. 

Al desear ser una persona distinta a la que somos,
 podemos crear ese ideal de persona que queremos ser 
y convencernos de que ya lo somos. 

De esta forma, al persistir en dicha suposición 
hasta que se convierta en nuestra principal sensación, 
es inevitable que alcancemos nuestro ideal. 

Ese ideal que esperamos y deseamos alcanzar
 está siempre dispuesto a encarnarse, 
pero a menos que nosotros le ofrezcamos ser su padre, 
no tendrá posibilidades de nacer. 

Por lo tanto, una vez que sintamos el deseo de expresar un estado superior,
 debemos adoptar la actitud de que sólo nosotros podemos afrontar la tarea
 de darle vida a dicho nuevo valor superior de nosotros mismos. 
Al dar a luz nuestro ideal, 
debemos tener siempre presente
 que los métodos del conocimiento mental 
y del espiritual son completamente distintos.
 Es probable que este punto sólo consiga comprenderlo 
una persona de entre un millón. 

Mentalmente, las cosas se conocen al mirarlas desde fuera, 
al compararlas con otras, al analizarlas y definirlas pensando en ellas; 
mientras que una cosa sólo puede conocerse espiritualmente 
si nos convertimos en ella únicamente pensando desde ella misma.

Debemos ser esa cosa en cuestión 
en lugar de hablar meramente de ella o contemplarla. 

Tenemos que ser como la polilla que, en busca de su ídolo, 
la llama que ha despertado en ella un auténtico deseo, 
se lanza de inmediato al fuego sagrado,
 repliega las alas una vez allí
 y acaba convirtiéndose en la misma sustancia de la llama 
y con su mismo color.

 Él tan sólo conocía la llama que ardía en él, 
y sólo él podía relatar quién no había regresado nunca para contarlo. 
Bird Parliament, de Farid ud-Din Attar,
 traducción de Edward Fitzgerald (1889), 
apud William Ralph Inge: Faith: 
Personal Religion and the Life of Devotion 

Al igual que, movida por su deseo por conocer la llama, 
la polilla está dispuesta a inmolarse,
 también nosotros debemos estar dispuestos 
a que muera nuestro yo actual 
para convertirnos en una nueva persona. 

Si queremos saber qué es la salud, 
debemos tomar conciencia de qué es estar sano. 
Si queremos saber qué es la seguridad, 
debemos tomar conciencia de que estamos seguros. 

Por lo tanto,
 para que podamos encarnar
 un valor nuevo y superior de nosotros mismos,
 debemos asumir que ya somos lo que queremos ser y, 
entonces, vivir teniendo fe en dicha convicción 
–que aún no se ha manifestado en el cuerpo de tu vida–
 y confiando en que dicho nuevo valor o estado de conciencia 
se encarnará gracias a que somos plenamente fieles
 a nuestra convicción
 de que ya somos lo que deseamos ser. 

Eso es lo que quiere decir el término «plenitud», 
lo que quiere decir el término «integridad». 
Significa someter todo nuestro yo 
a la sensación de que nuestro deseo ya ha sido satisfecho, 
con la certidumbre de que nuestro nuevo estado de conciencia 
representa la renovación de la mente transformadora.

 No existe orden alguno en la naturaleza 
que corresponda a dicha sumisión voluntaria del yo 
a ese ideal que lo trasciende. 
Por lo tanto, es el colmo de la insensatez 
esperar que se produzca la encarnación 
de un concepto del yo nuevo y superior 
como consecuencia de un proceso evolutivo natural. 

Es evidente que aquello que un estado de conciencia
 requiere para producir su efecto
 no puede manifestarse sin dicho estado de conciencia y, 
además, gracias a nuestra capacidad
 de asumir el sentimiento de una vida superior, 
de asumir un concepto nuevo de nosotros mismos, 
poseemos lo que no posee el resto de la naturaleza: 
imaginación, 
el instrumento con el que creamos nuestro mundo. 

La imaginación es el instrumento,
 el medio mediante el cual logramos, de forma efectiva, 
ser redimidos de la esclavitud, la enfermedad y la pobreza.

 Si nos negamos a asumir 
somos nosotros los responsables 
de que pueda llegar a encarnarse 
un concepto nuevo y superior de nosotros mismos, 
estaremos rechazando el medio, 
el único medio, 
mediante el cual puede producirse de forma efectiva nuestra redención; 
es decir, alcanzar nuestro ideal. 

La imaginación es el único poder de redención del universo. 
Sin embargo, nuestra naturaleza es tal 
que nos da la opción de mantener nuestro concepto actual de nosotros mismos
 (un ser con hambre y ansia de libertad, 
de salud y de seguridad)
 o de optar por convertirnos en el instrumento
 de nuestra propia redención 
al imaginarnos que ya somos lo que queremos ser, 
gracias a lo cual saciamos nuestra hambre
 y nos redimimos a nosotros mismos. 

¡Oh, sé, pues, fuerte y valiente, puro, paciente y auténtico!
 Lo que a ti te corresponda hacer,
 no permitas que sea otra mano quien lo haga,
 pues la fuerza para todo lo que necesitas
 te la da fielmente el manantial que llevas dentro:
 el reino de los cielos.

Capítulo 3
El Poder de la Consciencia.
Neville Goddard