lunes, 8 de junio de 2015

“El Magnesio Curó Mi Artrosis y es Clave Para la Salud". Ana María Lajusticia.


Entrevista

Lo afirma Ana María Lajusticia, química especialista en magnesio. A los 89 años, es uno de los referentes mundiales en ese mineral, cuyas propiedades considera innumerables y excelentes para prevenir y tratar enfermedades.

Alegre, vital, chispeante, inteligente, locuaz, Ana María Lajusticia, la profeta del magnesio, inspira confianza de tan despierta y lozana que se la ve a su edad. Su formación como química (de joven trabajó en la extracción de espato-flúor en las minas) le ha permitido desentrañar los secretos de la bioquímica del magnesio. Y con su historia personal ilustra los efectos benéficos del magnesio en la salud humana.

Desde que publicó, en 1977, "La Alimentación equilibrada en la vida moderna", no ha dejado de indagar y divulgar: "Dietas a la Carta"; "La Artrosis y su solución"; "El Magnesio, clave para la salud".
Aconseja tomar 3 mg de magnesio por día, porque “dormirás mejor, el sueño será más reparador. Y evitarás hipertensión, trombosis, taquicardias, infartos, dolores articulares, retinopatía, úlceras, ciática, migrañas, verrugas, angustias, cálculos renales, rinitis alérgicas, estados depresivos. El magnesio refuerza el músculo cardíaco, favorece su trabajo y también frena la inflamación prostática”. "Tengo 89 años. Nací en Bilbao y vivo en Barcelona. Soy licenciada en Ciencias Químicas. He tenido seis hijos. Soy apolítica. Dejé de ser religiosa porque los curas predicaban que la enfermedad era un castigo. El chocolate negro puro es el alimento natural con más magnesio", afirma.

-Casi 90 años ¡y qué joven se ve!

-Estoy mucho mejor que hace treinta años, la verdad.

-¿Qué le pasaba antes?

-Tenía artrosis, degeneración de los tejidos cartilaginosos. Me dolían todas las articulaciones, sentía dolor desde los dedos de los pies hasta la coronilla. ¡Llevaba corsé!

-¿Corsé?

-Un corsé de varillas para sostener tiesa la columna vertebral, para no derrumbarme por el dolor de espalda.

-¿Cuánto tiempo llevó ese corsé?

-Desde los 31 años hasta los 52 años.

-Eso son..., ¡veinte años largos!

-Sí, muchacho, sí. Estaba condenada a llevarlo el resto de mis días, decían mis médicos.

-¿Y qué pasó?

-Me dieron cortisona y desarrollé una diabetes. ¡Me asusté! Tenía 43 años, fue un mazazo. Decidí tomar las riendas de mi alimentación, porque comía muy incorrectamente.

-¿Qué comía hasta entonces?
- Demasiados hidratos de carbono (pan, galletas, pasta, arroz) y pocas proteínas, no comía ni carnes ni pescado.

-¿Y cómo rectificó?

-Desayuné una naranja y un huevo frito con jamón de york: vitamina C y proteína.

-¿Y mejoró?
-Comía bien, pescado, carne... y tomaba magnesio. ¡Y eso me curó! A los dos años, me quité el corsé. Tuve esguinces en la espalda por falta de musculatura, pero ¡estaba curada!

-¿Por qué apostó por el magnesio?
-Soy química, investigué... ¡y entendí!

-¿Qué entendió?
-Que la degeneración de mis cartílagos se debía a falta de colágeno. Es que el organismo necesita tres elementos para formar colágeno: proteína, vitamina C... ¡y magnesio!

-¿Y no aporta magnesio la comida?

-Así era cuando abonábamos cultivos con heces. Pero los abonos sintéticos carecen de magnesio: no está en la cadena alimentaria.

-¿Cuánto magnesio necesito?
-Unos 3 gramos por día, por vía oral: tomando suplementos de magnesio. ¡Son baratísimos! Se venden en cualquier farmacia.

-¿Esto revierte las artrosis?

-Los cartílagos pueden regenerarse: ¡lo he vivido! Tras dos años de tomar magnesio, mis articulaciones se recuperaron. Y hoy mis análisis son perfectos: ¡ni colesterol!

-¿Qué la puso en la pista del magnesio?

-Durante la Primera Guerra Mundial, unos médicos franceses observaron que los heridos que mejor se recuperaban ¡eran los que pasaban por balnearios magnesianos!

-La falta de magnesio, ¿cómo se nota?
-Tendrás dolor articular. Calambres. Contracturas. Taquicardias. Vértigos. Espasmos en párpados. Espasmos en esófago, estómago o intestino. Hormigueo en torno a la boca. Hipo. Sensación de bola en la garganta. Darás patadas estando dormido, como si cayeras... Verás lucecitas con los ojos cerrados. Y te levantarás muy cansado.

-Alguna vez he vivido algún síntoma...

-Ante dos de estos síntomas, toma magnesio.

-¿Dónde hay más magnesio al natural?
-En la semilla de cacao. El chocolate negro, puro, lleva casi 500 miligramos en cien gramos. Muy por detrás, en soja y almendras.

-Si tomo cada día chocolate negro o el magnesio equivalente, ¿crearé colágeno?
-Sí, ¡y el colágeno es muy, muy importante!: es el 40% de la proteína de tu cuerpo.

-Fundamental para...

-Esqueleto, tendones, cartílagos.

-¿El esqueleto? ¿No necesitaba calcio?
-El colágeno es la base: sin él, el calcio mineraliza el hueso... y se quiebra. El colágeno aporta flexibilidad. ¡Es una barbaridad recetar mucho calcio a las menopáusicas!

-¿Seguro?

- Tanto calcio se deposita en la luz de las arterias y las cierra: ¡arteriosclerosis! Y los huesos se vuelven muy quebradizos. ¡Es fatal!

-¿A tomar magnesio, entonces?
-En cada comida, un gramo, porque si tomas una dosis más alta de magnesio, no podrá absorberse, y se eliminará por la orina.

-¿Qué efecto central tiene el magnesio?
- Relaja la musculatura. ¡Por eso los corredores etíopes son excelsos! El suelo está fertilizado por cenizas piroclásticas de magnesio, que pasa a las plantas y a los alimentos que comen. Pese a tener menos capacidad pulmonar que otros corredores, ¡rinden más!

-¿Qué otros beneficios me reportará tomar magnesio?

-Dormirás mejor, el sueño será más reparador. Y evitarás hipertensión, trombosis, taquicardias, infartos, dolores articulares, retinopatía, úlceras, ciática, migrañas, verrugas, angustias, cálculos renales, rinitis alérgicas, estados depresivos...

-¿Combate taquicardias e infartos?

-Sí, el magnesio refuerza el músculo cardíaco, favorece su trabajo. Ah, y también frena la inflamación prostática.

-¡La panacea, vamos!

-También favorece la formación de neurotransmisores: ¡tu coco funcionará mejor!

-¿Por qué no se conoce más todo esto?
-Que le responda Burton Altura, máximo experto mundial en el magnesio: "La magnesoterapia es demasiado barata, no reporta beneficios a la industria farmacéutica".

 La Vanguardia y Clarín
Fuente: Clarin

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domingo, 7 de junio de 2015

"Deja de Criticar".



¿Te crees perfecto/a?. Enhorabuena. 
Ya tiene una muy buena razón para ser generoso con los demás
 a los que Dios o la naturaleza no les han dotado de tanta perfección. 

Pero en honor a la verdad, no eres perfecto/a,
por lo cual no estaría de más un poco de humildad y comprensión hacia los demás, 
Los humanos no somos perfectos. 
Deja de criticar y sé comprensivo.

Cuantos textos y dichos populares nos advierten sobre la costumbre 
de criticar a los demás. Y no escarmentamos. La Biblia: 
“El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. 
O no digamos el refranero popular español: 
“Se ve antes un palo en el ojo ajeno que una viga en el propio”.

 Pero el caso es que no paramos de tirar piedras y de ver palitos en ojos ajenos.

Es muy fácil caer en el error de criticar a los demás. A nuestros hijos, nuestra pareja, 
nuestros vecinos, nuestros compañeros de trabajo.
Las personas somos diferentes. 
Ni mejores, ni peores. 

Ha sido la diversidad uno de los factores que ha hecho progresar a la humanidad. 
Aceptar y respetar la diversidad es un acto de inteligencia suprema.
Hágalo de forma egoísta. Cuanta más generosidad y tolerancia practique,
más capacidad intelectual tendrá su cerebro. 
Criticar es un factor importante en la escala de pensamientos negativos 
que nos perjudican psíquica y físicamente, según la psiconeuroinmunologia.

Pasamos horas en analizar con detalle los defectos de los demás. 
Es un tiempo precioso que podríamos emplear en observarnos a nosotros mismos 
y combatir esos mismos defectos. 
Si vas a criticar a alguien practica el “pensamiento opuesto”. 
Analiza de forma honesta, sincera y valiente ese mismo defecto en ti. 
Tu mente adquirirá mayor grandeza si la empleas en autoanalizarte
 y en tratar de superar tus propios defectos.

Dale Carnegie daba el siguiente consejo: 
“Hable usted de sus propios errores antes de criticar al prójimo”. 
Cuando llame la atención a su hijo por algo, piense en lo que hacía usted a su edad.
 Comience diciéndole: “Yo también a tu edad hacia lo mismo, incluso peor que tú...”.
 Es muy sabio aplicar el dicho “Antes de que digan, digas”, esto nos indica 
que es mejor adelantarse a los demás en explicar los defectos propios.

Uno de los posibles orígenes de una persona que critica 
es que en su infancia fué criticado, 
por lo que ahora repite el patrón aprendido criticando a los demás,
 este proceso suele ser inconciente, pero eso no evita que al hacerlo llene su mente
 de negatividad, atraiga energías negativas y falte amor en su corazón. 
Si este es tu caso requieres perdonar el pasado y la persona que te critico 
para liberarte de ello, y la única manera efectiva de hacerlo es desde el corazón.

Actividades Propuestas.

Primer día: 
Lleve una pequeña libreta de bolsillo con un lápiz. 
Apunte todas las veces que su pensamiento se ha inclinado en criticar a alguien 
con una palabra que sintetice la crítica en cuestión. 
Por la noche escriba las veces que usted ha caído en lo que ha sido objeto de la crítica 
en cuestión. Por ejemplo, si reprocha a su pareja que gasta en exceso,
 apunte las veces que se ha excedido en su presupuesto o ha hecho gastos inútiles.

Segundo día: 
Alabe sinceramente a personas a las que ha criticado. 
Observe su reacción y comportamiento.

Imagen de youtube.com

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sábado, 6 de junio de 2015

Elizabeth Kübler-Ross: "Sí Existe el Más Allá".

Esta médico y psiquiatra suiza recabó centenares de testimonios 
de experiencias extracorporales, lo que la llevó a concluir que
 “La muerte no era un fin, sino un radiante comienzo”.
La doctora suiza Elizabeth Kübler-Ross se convirtió en el siglo XX en una de las mayores expertas mundiales en el tétrico campo de la muerte, al implementar modernos cuidados paliativos con personas moribundas para que éstas afrontaran el fin de su vida con serenidad y hasta con alegría (en su libro “On death and dying”, de 1969, que versa sobre la muerte y el acto de morir, describe las diferentes fases del enfermo según se aproxima su muerte, esto es, la negación, ira, negociación, depresión y aceptación). Sin embargo, esta médico, psiquiatra y escritora nacida en Zurich en 1926 también se transformó en una pionera en el campo de la investigación de las experiencias cercanas a la muerte, lo que le permitió concluir algo que espantó a muchos de sus colegas: sí existe vida después de la muerte.
La férrea formación científica de esta doctora, que se graduó en psiquiatría en Estados Unidos, recibiendo posteriormente 23 doctorados honoríficos, se pondría a prueba luego de que a lo largo de su prolongada práctica profesional los enfermos moribundos a los que trataba le relataran una serie de increíbles experiencias paranormales, lo que la motivó a indagar si existía el Más Allá o la vida después de la muerte. Así, se dedicó a estudiar miles de casos, a través del mundo entero, de personas de distinta edad (la más joven tenía dos años, y la mayor, 97 años), raza y religión, que habían sido declaradas clínicamente muertas y que fueron llamadas de nuevo a la vida.
“El primer caso que me asombró fue el de una paciente de apellido Schwartz, que estuvo clínicamente muerta mientras se encontraba internada en un hospital. Ella se vio deslizarse lenta y tranquilamente fuera de su cuerpo físico y pronto flotó a una cierta distancia por encima de su cama. Nos contaba, con humor, cómo desde allí miraba su cuerpo extendido, que le parecía pálido y feo. Se encontraba extrañada y sorprendida, pero no asustada ni espantada. Nos contó cómo vio llegar al equipo de reanimación y nos explicó con detalle quién llegó primero y quién último. No sólo escuchó claramente cada palabra de la conversación, sino que pudo leer igualmente los pensamientos de cada uno. Tenía ganas de interpelarlos para decirles que no se dieran prisa puesto que se encontraba bien, pero pronto comprendió que los demás no la oían. La señora Schwartz decidió entonces detener sus esfuerzos y perdió su conciencia. Fue declarada muerta cuarenta y cinco minutos después de empezar la reanimación, y dio signos de vida después, viviendo todavía un año y medio más. Su relato no fue el único. Mucha gente abandona su cuerpo en el transcurso de una reanimación o una intervención quirúrgica y observa, efectivamente, dicha intervención”.
La doctora Kübler-Ross añade que “otro caso bastante dramático fue el de un hombre que perdió a sus suegros, a su mujer y a sus ocho hijos, que murieron carbonizados luego que la furgoneta en la que viajaban chocara con un camión cargado con carburante. Cuando el hombre se enteró del accidente permaneció semanas en estado de shock, no se volvió a presentar al trabajo, no era capaz de hablar con nadie, intentó buscar refugio en el alcohol y las drogas, y terminó tirado en la cuneta, en el sentido literal de la palabra. Su último recuerdo que tenía de esa vida que llevó durante dos años fue que estaba acostado, borracho y drogado, sobre un camino bastante sucio que bordeaba un bosque. Sólo tenía un pensamiento: no vivir más y reunirse de nuevo con su familia. Entonces, cuando se encontraba tirado en ese camino, fue atropellado por un vehículo que no alcanzó a verlo. En ese preciso momento se encontró él mismo a algunos metros por encima del lugar del accidente, mirando su cuerpo gravemente herido que yacía en la carretera. Entonces apareció su familia ante él, radiante de luminosidad y de amor. Una feliz sonrisa sobre cada rostro. Se comunicaron con él sin hablar, sólo por transmisión del pensamiento, y le hicieron saber la alegría y la felicidad que el reencuentro les proporcionaba. El hombre no fue capaz de darnos a conocer el tiempo que duró esa comunicación, pero nos dijo que quedó tan violentamente turbado frente a la salud, la belleza, el resplandor que ofrecían sus seres queridos, lo mismo que la aceptación de su actual vida y su amor incondicional, que juró no tocarlos ni seguirlos, sino volver a su cuerpo terrestre para comunicar al mundo lo que acababa de vivir, y de ese modo reparar sus vanas tentativas de suicidio. Enseguida se volvió a encontrar en el lugar del accidente y observó a distancia cómo el chofer estiraba su cuerpo en el interior del vehículo. Llegó la ambulancia y vio cómo lo transportaban a la sala de urgencias de un hospital. Cuando despertó y se recuperó, se juró a sí mismo no morirse mientras no hubiese tenido ocasión de compartir la experiencia de una vida después de la muerte con la mayor cantidad de gente posible”.
La doctora Kübler-Ross añadió “que investigamos casos de pacientes que estuvieron clínicamente muertos durante algunos minutos y pudieron explicarnos con precisión cómo los sacaron el cuerpo del coche accidentado con dos o tres sopletes. O de personas que incluso nos detallaron el número de la matricula del coche que los atropelló y continuó su ruta sin detenerse. Una de mis enfermas que sufría esclerosis y que sólo podía desplazarse utilizando una silla de ruedas, lo primero que me dijo al volver de una experiencia en el umbral de la muerte fue: «Doctora Ross, ¡Yo podía bailar de nuevo!», o niñas que a consecuencia de una quimioterapia perdieron el pelo y me dijeron después de una experiencia semejante: «Tenía de nuevo mis rizos». Parecían que se volvían perfectos. Muchos de mis escépticos colegas me decían: «Se trata sólo de una proyección del deseo o de una fantasía provocada por la falta de oxígeno.» Les respondí que algunos pacientes que sufrían de ceguera total nos contaron con detalle no sólo el aspecto de la habitación en la que se encontraban en aquel momento, sino que también fueron capaces de decirnos quién entró primero en la habitación para reanimarlos, además de describirnos con precisión el aspecto y la ropa de todos los que estaban presentes”.
La muerte no existe
La doctora Kübler-Ross aseguró que después de investigar estos casos concluyó que la muerte no existía en realidad, pues ésta sería no más que el abandono del cuerpo físico, de la misma manera que la mariposa deja su capullo de seda. 

”Ninguno de mis enfermos que vivió una experiencia del umbral de la muerte tuvo a continuación miedo a morir. Ni uno sólo de ellos, ni siquiera los niños. Tuvimos el caso de una niña de doce años que también estuvo clínicamente muerta. Independientemente del esplendor magnífico y de la luminosidad extraordinaria que fueron sido descritos por la mayoría de los sobrevivientes, lo que este caso tiene de particular es que su hermano estaba a su lado y la había abrazado con amor y ternura. Después de haber contado todo esto a su padre, ella le dijo: «Lo único que no comprendo de todo esto es que en realidad yo no tengo un hermano.» Su padre se puso a llorar y le contó que, en efecto, ella había tenido un hermano del que nadie le había hablado hasta ahora, que había muerto tres meses antes de su nacimiento”.
La doctora agregó que “en varios casos de colisiones frontales, donde algunos de los miembros de la familia morían en el acto y otros eran llevados a diferentes hospitales, me tocó ocuparme particularmente de los niños y sentarme a la cabecera de los que estaban en estado crítico. Yo sabía con certeza que estos moribundos no conocían ni cuántos ni quiénes de la familia ya habían muerto a consecuencia del accidente. En ese momento yo les preguntaba si estaban dispuestos y si eran capaces de compartir conmigo sus experiencias. Uno de esos niños moribundos me dijo una vez: «Todo va bien. Mi madre y Pedro me están esperando ya.» Yo ya sabía que su madre había muerto en el lugar del accidente, pero ignoraba que Pedro, su hermano, acababa de fallecer 10 minutos antes”.
La luz al final del túnel
La doctora Kübler-Ross explicó que después que abandonar el cuerpo físico y de reencontrarse con aquellos seres queridos que partieron y que uno amó, se pasa por una fase de transición totalmente marcada por factores culturales terrestres, donde aparece un pasaje, un túnel, un pórtico o la travesía de un puente. Allí, una luz brilla al final. “Y esa luz era más blanca, de una claridad absoluta, a medida que los pacientes se aproximaban a ella. Y ellos se sentían llenos del amor más grande, indescriptible e incondicional que uno se pudiera imaginar. No hay palabras para describirlo. Cuando alguien tiene una experiencia del umbral de la muerte, puede mirar esta luz sólo muy brevemente. De cualquier manera, cuando se ha visto la luz, ya no se quiere volver. Frente a esta luz, ellos se daban cuenta por primera vez de lo que hubieran podido ser. Vivían la comprensión sin juicio, un amor incondicional, indescriptible. Y en esta presencia, que muchos llaman Cristo o Dios, Amor o Luz, se daban cuenta de que toda vuestra vida aquí abajo no es más que una. Y allí se alcanzaba el conocimiento. Conocían exactamente cada pensamiento que tuvieron en cada momento de su vida, conocieron cada acto que hicieron y cada palabra que pronunciaron. En el momento en que contemplaron una vez más toda su vida, interpretaron todas las consecuencias que resultaron de cada uno de sus pensamientos, de sus palabras y de cada uno de sus actos. Muchos se dieron cuenta de que Dios era el amor incondicional. Después de esa «revisión» de sus vidas ya no lo culpaban a Él como responsable de sus destinos. Se dieron cuenta de que ellos mismos eran sus peores enemigos, y se reprocharon el haber dejado pasar tantas ocasiones para crecer. Sabían ahora que cuando su casa ardió, que cuando su hijo falleció, cuando su marido fue herido o cuando sufrieron un ataque de apoplejía, todos estos golpes de la suerte representaron posibilidades para enriquecerse, para crecer”.
La especialista, en este punto, hizo una recomendación a todos aquellos que sufren el trance de tener cerca a algún ser querido a punto de morir. “Deben saber que si se acercan al lecho de su padre o madre moribundos, aunque estén ya en coma profundo, ellos oyen todo lo que les dicen, y en ningún caso es tarde para expresar «lo siento», «te amo» o alguna otra cosa que quieran decirles. Nunca es demasiado tarde para pronunciar estas palabras, aunque sea después de la muerte, ya que las personas fallecidas siguen oyendo. Incluso en ese mismo momento se pueden arreglar «asuntos pendientes», aunque éstos se remonten a diez o veinte años atrás. Se pueden liberar de su culpabilidad para poder volver a vivir ellos mismos”.
La “conciencia cósmica “ de la doctora Kübler-Ross
La doctora Elizabeth Kübler-Ross, intrigada por todos estos asombrosos relatos, decidió una vez comprobar por sí misma su veracidad. Y, luego de ser inducida a una muerte artificial en un laboratorio médico de Virginia, experimentó dos veces estar fuera de su cuerpo. “Cuando volví a la conciencia tenía la frase «Shanti Nilaya», que por cierto no sabía qué significaba, dándome vueltas en mi cabeza. La noche siguiente la pasé sola, en una pensión aislada en medio del bosque de Blue Ridge Mountains. Allí, luego de sufrir inexplicables dolores físicos, fue gratificada con una experiencia de renacimiento que no podría ser descrita con nuestro lenguaje. Al principio hubo una oscilación o pulsación muy rápida a nivel del vientre que se extendió por todo mi cuerpo. Esta vibración se extendió a todo lo que yo miraba: el techo, la pared, el suelo, los muebles, la cama, la ventana y hasta el cielo que veía a través de ella. Los árboles también fueron alcanzados por esta vibración y finalmente el planeta Tierra. Efectivamente, tenía la impresión de que la tierra entera vibraba en cada molécula. Después vi algo que se parecía al capullo de una flor de loto que se abría delante de mí para convertirse en una flor maravillosa y detrás apareció esa luz esplendorosa de la que hablaban siempre mis enfermos. Cuando me aproximé a la luz a través de la flor de loto abierta y vibrante, fui atraída por ella suavemente pero cada vez con más intensidad. Fui atraída por el amor inimaginable, incondicional, hasta fundirme completamente en él. En el instante en que me uní a esa fuente de luz cesaron todas las vibraciones. Me invadió una gran calma y caí en un sueño profundo parecido a un trance. Al despertarme caí en el éxtasis más extraordinario que un ser humano haya vivido sobre la tierra. Me encontraba en un estado de amor absoluto y admiraba todo lo que estaba a mi alrededor. Mientras bajaba por una colina estaba en comunión amorosa, con cada hoja, con cada nube, brizna de hierba y ser viviente. Sentía incluso las pulsaciones de cada piedrecilla del camino y pasaba «por encima» de ellas, en el propio sentido del término, interpelándolas con el pensamiento: «No puedo pisaros, no puedo haceros daño», y cuando llegué abajo de la colina me di cuenta de que ninguno de mis pasos había tocado el suelo y no dudé de la realidad de esta vivencia. Se trataba sencillamente de una percepción como resultado de la conciencia cósmica. Me fue permitido reconocer la vida en cada cosa de la naturaleza con este amor que ahora soy incapaz de formular. Me hicieron falta varios días para volver a encontrarme bien en mi existencia física, y dedicarme a las trivialidades de la vida cotidiana como fregar lavar la ropa o preparar la comida para mi familia. Posteriormente averigué que “Shanti Nilaya» significa el puerto de paz final que nos espera. Ese estar en casa al que volveremos un día después de atravesar nuestras angustias, dolores y sufrimientos, después de haber aprendido a desembarazarnos de todos los dolores y ser lo que el Creador ha querido que seamos: seres equilibrados que han comprendido que el amor verdadero no es posesivo”.
La Dra. Elizabeth Kübler-Ross, luego que en 1995 sufriera una serie de apoplejías que paralizaron el lado derecho de su cara, falleció en Scottdale, Arizona, el 24 de agosto del 2004. Se enfrentó a su propia muerte con la valentía que había afrontado la de los demás, y con el coraje que aprendió de sus pacientes más pequeños. Sólo pidió que la despidieran con alegría, lanzando globos al cielo para anunciar su llegada.
En su lecho de muerte, por cierto, sus amigos y seres queridos le preguntaron si le temía a la muerte, a lo que ella replicó: «No, de ningún modo me atemoriza; diría que me produce alegría de antemano. No tenemos nada que temer de la muerte, pues la muerte no es el fin sino más bien un radiante comienzo. Nuestra vida en el cuerpo terrenal sólo representa una parte muy pequeña de nuestra existencia. Nuestra muerte no es el fin o la aniquilación total, sino que todavía nos esperan alegrías maravillosas”.
www.guioteca.com
Imagen de Youtube.
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viernes, 5 de junio de 2015

"Isabel Allende en Un Viaje Mágico".


Las experiencias con altas dosis de sustancias psicodélicas son siempre intensas y transformadoras. En este caso es la genial novelista Isabel Allende la que se aventura a probar una de estas plantas mágicas tan perseguidas y condenadas por el poder establecido en su afán protector y benevolente. El relato de este significativo viaje se encuentra uno de los libros autobiográficos de la escritora, titulado La suma de los días, que continua con el relato de la apasionante vida de su familia empezado en Paula. Allende acudió a la ayahuasca en busca de inspiración, pero tal y como deja translucir en su brillante relato, encontró mucho más que eso:


"Necesitaba volver a ser la niña que fui una vez, esa niña silenciosa, torturada por su propia imaginación, que deambulaba como una sombra en la casa del abuelo. Debía demoler mis defensas racionales y abrir la mente y el corazón. Y para ello decidí someterme a la experiencia chamánica de la ayahuasca, un brebaje preparado con la planta trepadora Banisteriopsis, que usan los indios del Amazonas para producir visiones.

Willie (marido de Isabel Allende) no quiso que me arriesgara sola y, como en tantas ocasiones de nuestra vida en común, me acompañó a ciegas. Bebimos un té oscuro de sabor repugnante, apenas un tercio de taza, pero tan amargo y fétido que era casi imposible de tragar. Tal vez yo tengo una falla en la corteza cerebral -bien que mal siempre ando un poco volada-, porque la ayahuasca, que a otros les da un empujón hacia el mundo de los espíritus, a mí me lanzó de una sola patada tan lejos que no regresé hasta un par de días más tarde. A los quince minutos de haberla tomado, me falló el equilibrio y me acomodé en el suelo, de donde ya no pude moverme. Me dio pánico y llamé a Willie, quien logró arrastrarse a mi lado, y me aferré a su mano como a un salvavidas en la peor tormenta imaginable. No podía hablar ni abrir los ojos. Me perdí en un torbellino de figuras geométricas y colores brillantes que al principio resultaron fascinantes y después agobiadores. Sentí que me desprendía del cuerpo, el corazón me estallaba y me sumía en una terrible angustia. Volví entonces a ser la niña atrapada entre los demonios de los espejos y las ánimas de las cortinas.

El periodo inicial del viaje psicodélico se conoce coloquialmente como "bajada a los infiernos". Ocurre cuando el fármaco golpea la consciencia y la sacude totalmente arrastrando al individuo a un estado mental terrorífico; es la reacción natural de nuestra mente nacional al torrente de información nueva y contradictoria que inunda nuestras sinapsis. Por suerte, el viaje continua...

Al poco rato se esfumaron los colores y apareció la piedra negra que yacía casi olvidada en mi pecho, amenazante como algunas montañas de Bolivia. Supe que debía quitarla de mi camino o moriría. Traté de treparla y era resbalosa, quise darle la vuelta y era inmensa, empezaba a arrancarle pedazos y la tarea no tenía fin y mientras crecía mi certeza de que la roca contenía toda la maldad del mundo, estaba llena de demonios. No sé cuánto rato estuve así; en ese estado el tiempo no tiene nada que ver con el tiempo de los relojes. De pronto sentí un golpe eléctrico de energía, di una patada formidable en el suelo y me elevé por encima de la roca. Volví por un momento al cuerpo; doblada de asco, busqué a tientas el balde que había dejado a mano y vomité bilis. Náusea, sed, arena en la boca, parálisis. Percibí, o comprendí, lo que decía mi abuela: el espacio está lleno de presencias y todo sucede simultáneamente. Eran imágenes sobrepuestas y transparentes, como esas láminas impresas en hojas de acetato en los libros de ciencia. [...]
Muchas visiones extracorporales tienen un indudable componente alegórico. Es como si la consciencia sobreexcitada por el fármaco buscara una representación onírica de nuestros problemas más profundamente enterrados y de esta forma nos obligara a enfrentarnos a ellos de forma consciente.

[...] Anduve vagando por jardines donde crecían plantas amenazantes de hojas carnosas, grandes hongos que sudaban veneno, flores malvadas. Vi a una niña de unos cuatro años, encogida, aterrada; estiré la mano para levantarla y era yo. Diferentes épocas y personas pasaban de una lámina a otra. Me encontré conmigo en distintos momentos y en otras vidas. Conocí a una vieja de pelo gris, diminuta, pero erguida y con ojos refulgentes; podría haber sido también yo en unos años más, pero no estoy segura, porque la anciana se hallaba en medio de una confusa multitud.

Pronto ese poblado universo se esfumó y entré en un espacio blanco y silencioso. Flotaba en el aire, era un águila con sus grandes alas abiertas, sostenida por la brisa, viendo el mundo desde arriba, libre, poderosa, solitaria, fuerte, indiferente. Allí estuvo ese gran pájaro durante mucho tiempo y enseguida subió a otro lugar, aún más glorioso, en que desapareció la forma y no había sino espíritu. Se acabaron el águila, los recuerdos y sentimientos; no había yo, me disolví en el silencio. Si hubiese tenido la menor conciencia o deseo, te habría buscado, Paula. Mucho más tarde vi un círculo pequeño, como una moneda de plata, y hacia allá enfilé como una flecha, atravesé el hueco y entré sin esfuerzo en un vacío absoluto, un gris translúcido y profundo. No había sensación, espíritu, ni la menor conciencia individual; sin embargo sentía una presencia divina y absoluta.Allende está describiendo seguramente una disolución o muerte del ego, esta vez producido por la visión previa de una representación de la divinidad encarnada en un águila majestuosa.

Estaba en el interior de la Diosa. Era la muerte o la gloria de la que hablan los profetas. Si así es morir, estás en una dimensión inalcanzable y es absurdo imaginar que me acompañas en la vida cotidiana o me ayudas en mis tareas, ambiciones, miedos y vanidades.

Mil años más tarde regresé, como una extenuada peregrina, a la realidad conocida por el mismo camino que había recorrido para irme, pero a la inversa: atravesé la pequeña luna de plata, floté en el espacio del águila, bajé al cielo blanco, me hundí en imágenes psicodélicas y por fin entré a mi pobre cuerpo, que llevaba dos días muy enfermo, atendido por Willie, quien ya empezaba a creer que había perdido a su mujer en el mundo de los espíritus. En su experiencia con la ayahuasca, Willie no ascendió a la gloria ni entró en la muerte, se quedó trancado en un purgatorio burocrático, moviendo papeles, hasta que se le pasó el efecto de la droga unas horas más tarde. Entretanto yo estuve tirada en el suelo, donde después él me acomodó con almohadas y frazadas, tiritando, mascullando incoherencias y vomitando a menudo una espuma cada vez más blanca. Al principio estaba agitada, pero después quedé relajada e inmóvil, no parecía sufrir, dice Willie.

La experiencia de Willie es muy común en las personas extremadamente racionales: no son capaces de escapar de las ilusiones creadas por su ego, el cual siempre busca aferrarse a algo cotidiano, en este caso el trabajo de oficina (Willie es abogado) sirve como barrera artificial para que Willie no alcance a ver que hay más allá de su mente racional, tanto en su interior como en el exterior.

El tercer día, ya consciente, lo pasé tendida en mi cama reviviendo cada instante de aquel extraordinario viaje. Sabía que ya podría escribir la trilogía, porque ante los tropezones de la imaginación tenía el recurso de volver a percibir el universo con la intensidad de la ayahuasca, que es similar a la de mi infancia. La aventura con la droga me embargó de algo que sólo puedo definir como amor, una impresión de unidad: me disolví en lo divino, sentí que no había separación entre mí y el resto de lo que existe, todo era luz y silencio. Quedé con la certeza de que somos espíritus y que lo material es ilusorio, algo que no se puede probar racionalmente, pero que a veces he podido experimentar brevemente en momentos de exaltación ante la naturaleza, de intimidad con alguien amado o de meditación. Acepté que en esta vida humana mi animal totémico es el águila, ese pájaro que en mis visiones flotaba mirando todo desde una gran distancia. Esa distancia es la que me permite contar historias, porque puedo ver los ángulos y horizontes. Parece que nací para contar y contar. Me dolía el cuerpo, pero nunca he estado más lúcida. De todas las aventuras de mi agitada existencia, la única que puede compararse a esta visita a la dimensión de los chamanes fue tu muerte, hija. En ambas ocasiones sucedió algo inexplicable y profundo, que me transformó. Nunca volví a ser la misma después de tu última noche y de beber aquella poderosa poción: perdí el miedo a la muerte y experimenté la eternidad del espíritu".

La fase final de cualquier viaje psicodélico es el periodo de reflexión posterior. Es cuando realmente interiorizamos todo lo que hemos experimentado y lo convertimos en conocimientos útiles para nuestra vida. Son necesarios días o incluso semanas para asimilar toda la información generada en un viaje de este tipo, es como si concentrásemos muchos meses de experiencias ordinarias en unas horas en las que todo se vuelve extraordinario.


Tarot: ¿Cómo Me Reconcilio Con Mi Pasado?. Claudia Campos Canifrú.



El Tarot de los Chamanes nos responderá
 ¿cómo me reconcilio con mi pasado?
Debes escoger entre la Estrella Celeste, la Flor Fucsia y la Hoja Violeta.


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¿Cómo me reconcilio con mi pasado? 
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Si escogiste la Estrella Celeste: 
La forma de reconciliarte con tu pasado es usándolo como la tierra
 en donde tus pies se posan, porque gracias a ese pasado- y no otro- 
eres hoy una mujer maravillosa. 
Usa esas experiencias dolorosas como medallas de guerra, 
ese matrimonio que no funcionó, ese aborto que te pesa, 
esas palabras hirientes que te duelen, esos padres que aún les guardas rencor. 

Consejo: 
Si abrazas tu pasado, si lo honras y lo pones en tu corazón, 
verás como la Sabiduría llega a tu vida sin darte cuenta. 
Crecerás espiritualmente y te sentirás muy feliz.

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Si escogiste la Flor Fucsia: 
Llevas un tiempo ya trabajando en tu pasado, en que hay que honrarlo, 
abrazarlo, darle las gracias. 
Eres una mujer valiente y aguerrida, 
porque a pesar de las lágrimas que has derramado, prefieres sanar. 

Consejo: 
No te duermas en los laureles, 
porque la sanación es como las capas de las cebollas; 
siempre aparece algo que no habíamos visto. 
Sigue tu camino de la mano del Amor 
recibe la sabiduría con humildad en tu corazón.

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Si escogiste la Hoja Violeta:
 La forma de sanar tu pasado es mirarlo de una vez por todas y dejar de evadirlo. 
Sí, te duele. Y ese dolor es verdadero, no lo podemos negar. 
Pero el hacerte la loca contigo mismo no soluciona nada. 

Consejo: 
Si no puedes sola, si no sabes cómo hacerlo, 
busca ayuda de terapeutas que trabajen de la mano del Amor y no del miedo.
 Da un paso a la vez, respetando tus tiempos.
 No hay forma correcta o incorrecta de hacerlo.
 Pero hazlo si buscas el gozo de la vida.

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Claudia Campos Canifrú.
Maestra de Tarot.
Lecturas: Presencial, por Skype y/o por Teléfono.
claudiacanifru@gmail.com 
Whatsapp +569 8 568 35 89.
Santiago de Chile.
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"Buda y Devadatta: Luz y Oscuridad".


El Buda fue el hombre más despierto de su época. Nadie como él comprendió el sufrimiento humano y desarrolló la benevolencia y la compasión. Entre sus primos, se encontraba el perverso Devadatta, siempre celoso del maestro y empeñado en desacreditarlo e incluso dispuesto a matarlo.
Cierto día que el Buda estaba paseando tranquilamente, Devadatta, a su paso, le arrojó una pesada roca desde la cima de una colina, con la intención de acabar con su vida. Sin embargo, la roca sólo cayó al lado del Buda y Devadatta no pudo conseguir su objetivo. El Buda se dio cuenta de lo sucedido y permaneció impasible, sin perder la sonrisa de los labios.

Días después, el Buda se cruzó con su primo y lo saludó afectuosamente. Muy sorprendido, Devadatta preguntó:
-- ¿No estás enfadado, señor?
-- No, claro que no.
Sin salir de su asombro, inquirió:
-- ¿Por qué?
Y el Buda dijo:
-- Porque ni tú eres ya el que arrojó la roca, 
ni yo soy ya el que estaba allí cuando me fue arrojada.

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"El Maestro dice: 
 Para el que sabe ver, todo es transitorio: 
Para el que sabe amar, todo es perdonable."
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